La Caperucita Roja y la desaparición de niños

Sacó un tiempo para ir al parque con su hijo.

Lo dejó en los juegos, se sentó en una banca y aprovechó para ojear su celular. Leyó todos los mensajes pendientes, muchos con cadenas, memes y otras pendejadas. Mientras tanto, su hijo hablaba con un extraño.

Cuando terminó de prestar atención a su celular y se acordó de que vino acompañado, se dio cuenta que su hijo no aparecía por ningún lado.

Según el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Colombia, en el 2019 se registraron 2392 menores desaparecidos en el país. La mayoría son adolescentes y algunos sólo quieren escapar de sus casas. Sin embargo, la realidad es que muchos son raptados.

El papá del parque, al final, encontró a su hijo. Lo entrevistan y la lente de la cámara revela el semblante de un hombre común y corriente, un poco despistado pero un ser humano al fin de cuentas, que vivió minutos antes lo peor que le puede suceder a cualquier padre. Sin que se diera cuenta fue parte de un experimento televisivo en el que se quiso evidenciar la poca atención que le prestan los padres a sus hijos cuando salen a la calle.

Los finales no siempre son felices, y si los niños —y los padres, desde luego— creen que les salvará el día un generoso y valiente cazador de cuentos de hadas, un competente policía o unos superhéroes como Spiderman o Iroman, se quedarán esperando.

Aquí te comparto mi versión del famoso cuento de Charles Perrault y de los hermanos Grimm, la Caperucita Roja, que escribí y le leo a mi hijo de cinco años:


La Caperucita Roja


La mamá de la Caperucita Roja cocinó una torta de naranja y le pidió el favor a su hija que se la llevará a la abuela. También le advirtió que, por ningún motivo, hablara con extraños.
     La Caperucita Roja guarda la torta en una canasta y se va.
     En el camino, se le aparece el lobo.
     —¿A dónde vas, niña? —pregunta el lobo.
     La Caperucita Roja no responde.
     ¿Y por qué no dice ni "mu"?
     Porque el lobo es un extraño.
     Pero como el lobo es muy listo y mañoso, pregunta:
     —¿Crees que soy un extraño?
     La Caperucita Roja responde:
     —Sí.
     La Caperucita Roja ya cometió un error: habló con un extraño.
     El lobo se presenta:
     —A mí me llaman Señor Lobo, pero tú me puedes llamar Lobito. ¿Y tú cómo te llamas?
     —Yo me llamo Caperucita Roja.
     El lobo sonríe y dice:
     —Ya te das cuenta... ahora no somos extraños. Yo me llamo Lobito y tú te llamas Caperucita Roja. Ahora dime: ¿a dónde vas?
     Ella responde:
     —Voy a la casa de mi abuela y le llevo una torta de naranja.
     El lobo dice:
     —Yo conozco a tu abuela. Ella vive al lado de la heladería.
     —No, vive a dos casas a la derecha de la droguería.
     La Caperucita Roja mira su reloj y dice:
     —Se me hace tarde. Nos vemos, Lobito.
     —Chao, Caperucita Roja —se despide el lobo con una gran sonrisota.
     El lobo se apresura y logra llegar antes a la casa de la abuela.
     ¡Toc! ¡Toc¡ Toca la puerta!
     —¿Quién es? —se escucha una voz de mujer en el interior de la casa.
     El lobo imita la voz de una niña:
     —Soy la Caperucita Roja.
     La abuela, sin abrir la puerta, pregunta:
     —¿Y me traes empanadas?
     —No, te traigo una torta de naranja —dice el lobo imitando la voz de la Caperucita Roja.
     La abuela abre la puerta y sonríe. Tiene puestas unas gafas con unos lentes tan grandes y gruesos que parecen lupas. El lobo abre la boca y se traga a la abuela de un bocado.
     Minutos después llega la Caperucita Roja y, aunque le parece raro que la puerta esté abierta, entra a la casa.
     Va al cuarto de la abuela, y la ve acostada y arropada en la cama.
     —No prendas la luz —dice el lobo imitando la voz de la abuela.
     —Se te escucha diferente, abuelita —dice la niña.
     —Hoy amanecí ronca —dice el lobo.
     —¡Abuelita, qué orejas más grandes tienes!
     —Son para oírte mejor —dice el lobo.
     —¡Abuelita, qué manos más grandes tienes!
     —Son para abrazarte mejor.
     —¡Abuelita, qué ojos más grandes tienes!
     —Son para verte mejor.
     —¡Abuelita, qué dientes más grandes tienes!.
     —¡Son para comerte mejor!
     El lobo feroz abre la boca y se traga a la Caperucita Roja de un bocado.

FIN


La ilustración es de Childhood's Favorites and Fairy Stories (1927), por Various Project Gutenberg etext 19993

Por Diego Darío López Mera
Todos los derechos reservados ©




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